Y ese “quizas funcione ésto de creer en algo mayor que yo”, fuera de mi, que ni veo, ni siento y lo cual no creo a pesar de que desde pequeño lo conocía, fue una revolución para mi. Todos mis esquemas, mis paradigmas, estaban bajo juicio, examen, a causa de este nuevo fundamento de vida, uno que llamaban entonces “poder superior”.
Entonces aprendí a orar. Recuerdo leer sobre lo de detener tus pensamientos y percibir el espacio entre ellos. Me ponía muy tenso cuando trataba de hacerlo. Y qué de aquello de respirar correctamente, con el abdomen. Sufría. Sin embargo, algo pude encontrar y fue como una paz tras toda mi actividad mental y corporal, un remanso donde me gustaba tirarme a descansar.
Mis deseos íntimos, mis temores, mis alegrías y anhelos agitaban aquel espacio neutro. Una vez trascendida mi cotidianidad llegaba a un canvas donde se dibujaba mi interioridad. Alli vi cómo había llegado a ser, quién era y qué deseaba. Si quería sanar, sólo tenía que actuar a partir de ese concimiento íntimo. Poquito a poquito hice algunos cambios en mi vida. Mi vida se conformó a partir de mi oración y los resultados fueron maravillosos.Fui y soy feliz, aunque a veces dude.
Cómo no tener sed de ti, Señor.